La vida no es hoy... ni mañana... ni ayer... Es todo eso, unido en un continuo presente. La vida ES. ¿Todo? ¿Nada? Una forma de saberlo es abrir el corazón para aprender a vivirla.

martes, 12 de octubre de 2010

El arbol bondadoso



 
Hace ya mucho tiempo, en un lugar muy lejano, existía un país pequeñito y en el mismo centro crecía un árbol grande y fuerte de extraordinaria belleza.
Todos los habitantes de aquel país, se sentían muy contentos de tener aquella maravilla para poder disfrutarla. Su tronco era grueso y de lejos tenía una forma rara y caprichosa. Sus ramas eran verdes y largas: las que salían del tronco eran mas fuertes, de estas salían otras más  pequeñas y de estas otras más menudas y asi hasta terminar en las más  chiquitas de todas que se parecían a las plumas de los pajarillos, asi eran de ligeras y suaves.
Como casi todas las cosas, este árbol también tenía su propia historia que fue pasando de unos a otros. Los más viejos del pais cuentan que en tiempos muy remotos, cuando apenas empezaba a formarse aquel pueblo llamado Naré, existieron dos seres maravillosos llamados Bon y Dad. Ambos se querían muchisimo, nunca podian pasar el uno sin el otro y estaban siempre dispuestos a ayudar a aquél que los necesitara. Nadie jamás recordaba haberles visto sin una sonrisa en los labios.
A su alrededor siempre había alegría porque el dolor huía a todo correr cuando veía que aun existía un lugar donde reinaba la felicidad y se alejaba presuroso de allí.
En aquel país había miles de plantas, todas distintas, de las que se beneficiaban todos sus habitantes, ya fuese como alimento o para curar sus dolores. ¡Y había tal cantidad y variedad de flores! que nunca te cansabas de contemplar aquel hermoso paisaje. Incluso los animales vivían allí contentos y los hombres eran sus amigos, no les temian al contrario, solían jugar con ellos mientras paseaban. Las abejas se retiraban de su panal para que recogieran la miel y la cera, las hormigas también aportaban su granito de arena y hasta el león que se ve muy fiero... en Naré, los niños y niñas se subían en su lomo y ¡jugaban con su melena!
Un día, la mala fortuna quiso que por allí pasase un avaro y despiadado señor, que quiso tener para el solo todo lo que aquel pais le brindaba amablemente. Era Mal-Vado.
Se quedó allí durante algún tiempo y mientras los habitantes de Naré se desvivían por hacerlo feliz, él solo pensaba en la manera de robarles todo lo bueno que tenían.
-¿Cómo podré robarles toda su felicidad? pensaba
Hasta que un día se dió cuenta de que aquello que tanto anhelaba era obra de Bon y Dad, que tanto se amaban y que no pensaban en ellos mismos, sino en los demás, en poder darles todo el amor y la alegría que necesitaban. Tan grande era su deseo de poseerlos que decidió hacerlos sus prisioneros. Un día, con intención de dar un paseo porque decia encontrarse muy solo, se los llevó hasta una torre abandonada muy lejos de la ciudad, cerca del limite con un país vecino. Los subió a lo más alto de la torre y los dejó allí atados con fuertes cadenas. Una vez que estuvo bien seguro de que no escaparían se fue a dar vueltas por las calles para ver que hacían las gentes cuando se dieran cuenta de que estaban solos.
Todos andaban buscándoles, les echaban de menos y deseaban tenerles de nuevo a su lado. Les buscaban por todas partes pero no les encontraron y ya empezaban a desesperarse preguntándose que habría sido de ellos y creyendo que les habían olvidado.
Mientras tanto, Mal-Vado se olvidó por completo de sus prisioneros. ¡Se sentía ahora tan feliz! ¡Disfrutaba tanto viendo la infelicidad de los demás!
Bon y Dad no se habían olvidado de nadie y solo pensaban en la manera de escapar de allí. Imaginaban como podrían romper las cadenas que los aprisionaban y sintieron un ruido cerca. Mirando hacia arriba vieron un águila enorme que volaba sobre ellos.
-Por favor, águila blanca, ¡ayudanos a salir de aquí! dijo Bon.
-De acuerdo. Os sacaré de aquí, dijo el águila, pero con una condición...
-Dinos cuál, dijo Dad, sea cual sea la aceptaremos. Estamos desesperados viendo que desde aquí no podemos ayudar a nadie.
-Os liberaré, pero a cambio, vuestros cuerpos se transformaran en los de dos enormes pájaros. Sereis bellisimos, tendreis todos los colores del Arco Iris, pero renunciareis a vuestra forma humana. ¿Aceptais?
-¡De acuerdo! Dijeron los dos a un tiempo.
En un instante vieron como las cadenas que los tenían prisioneros caían al suelo y que sus cuerpos poco a poco iban transformándose ¡Eran maravillosos! Cuando volaban, lo hacían con tal gracia, que parecía que el Arco Iris jugaba con el viento.
En su nueva forma, siguieron ayudando a los demás como podían porque aunque su cuerpo había dejado de ser humano, su mente era la misma y aun tenían el don de la palabra.
Todo volvió a la normalidad y la felicidad que casi se tambaleaba, volvió a reinar en todos los sitios.


Pero pronto Mal-Vado se dió cuenta de lo que pasaba y persiguió a los pájaros Arco Iris por todas partes. Volaron y volaron hasta caer rendidos en el suelo y aunque había árboles, no eran lo suficientemente grandes ni espesos para poder ocultarles.
Cuando estuvieron agotados, a Mal-Vado no le costó gran esfuerzo volver a capturarles. Pero esta vez no se quedó contento solo con encadenarles, sino que además lo hizo en una cueva que había en la tierra, en el mismo centro de aquel país.
Todo empezo de nuevo a ir mal. Las gentes los echaban de menos y lloraban porque los habían perdido. Y mientras, ya sabeis quién, disfrutaba haciendo el mal. Quemaba los campos y de sus frutos apenas podían alimentarse los seres que allí vivían. Maltrataba a los animales que huían asustados en cuanto oían crujir una rama y no sabían donde esconderse. Talaba los árboles solo por el placer de verlos caer. Estaba bien seguro de que esta vez tenía bien guardada la felicidad y que solo él podía disfrutarla cómo y cuando quisiera.
Los habitantes de Naré empezaron a llorar y el dolor por fin entró en sus corazones.Tanto y tanto lloraban que la tierra por fin se empapó de sus lágrimas y llegaron a la cueva donde se encontraban los Pájaros Arco Iris que cuando vieron ésto desearon con tanta fuerza ayudar de nuevo a los demás que sin apenas darse cuenta, sus alas se fueron alargando hasta que las plumas de ambos se unieron y se fundieron en un abrazo.
Sus pies comenzaron a echar raices que se agarraban a la tierra y llegaron muy muy hondo, hasta el centro mismo de la tierra. De allí cogieron fuerza y empujaron los cuerpos de ambos hacia arriba y conforme subían se fueron convirtiendo en un grueso tronco de árbol.
Este árbol que desde lejos tenía una forma rara y caprichosa, de cerca tenía la forma de un hombre y una mujer fuertemente abrazados. Sus brazos formaban las ramas mas fuertes y gruesas y poco a poco de estas iban naciendo otras nuevas.
Mal-Vado, al darse cuenta de lo que ocurría, quiso cortar el árbol, pero el tronco era tan grueso y tan duro que el hacha se partía cada vez que lo intentaba. Lo intentó con las ramas, éstas si que se partían ¡Que alegría le dió comprobarlo! Pero pronto se convirtió en rabia cuando vió que de las ramas que partía, nacían otras nuevas al momento, y cuanto más rápido las cortaba, mís rapido crecían y se multiplicaban.
Se dió por vencido ¡No podía más! Ya no tenía fuerzas para seguir. Pero aún así seguía ideando otro plan para destruirlo, y...¿De qué otra forma podría hacerlo que no le costase mucho esfuerzo? ... ¡Quemándolo!
Se dijo que era un estúpido por no haberlo pensado antes. Se puso a encender una buena fogata bajo el árbol, pero las lágrimas que vertieron los habitantes de Naré, se convirtieron en un río que afloró a la superficie y apagó el fuego.
Por fin se dió cuenta de que cuantos más intentos hacía por destruir el árbol, éste crecia más alto y más fuerte.
Un día comprendió que jamás obtendría la felicidad por la fuerza sino compartiendo todo lo suyo con los demás, y como a eso aún no estaba dispuesto, se fué de aquel país para no volver jamás.
Al irse Mal-Vado, se fué, como si fuese su equipaje, el dolor.
Los dos jovenes permanecieron siempre juntos en ese árbol que aún hoy se conserva, con sus hojas siempre verdes para seguir dando protección y ayuda a todos aquellos que aún hoy la necesitan.
Por eso, despues de muchos años y muchos siglos, si te sientas a descansar debajo de él, de su tronco parece que salen susurros y palabras cariñosas que alivian a los que tienen alguna pena o algun dolor.
Este árbol sabe muchísimas cosas. Más que nadie, porque lo escucha todo. Cuando llega alguien cansado y solo, no para de contarle historias para que no vuelva a anidar en su corazón la tristeza ni la soledad.
Cuando veas un árbol no lo maltrates, piensa que es un hijo del árbol del país de Naré y que podrá cambiar tu soledad, tu tristeza y tu dolor si sabes escucharlo.

2 comentarios:

LA CASA ENCENDIDA dijo...

La próxima vez que me siente bajo un árbol, seguro que voy a disfrutar mucho más de lo que ya lo hacía.

Es precioso el relato niña!!

Besicos muchos (Llevas un ritmo...)

Tere A. de R. dijo...

De eso se trata, de disfrutar muchisimo de todo y con tod@s.
Besicos tambien para ti.